América XXI
Por: Luis Bilbao
Fecha de publicación: 01/03/15

Quién pondrá el gramo que defina el fiel de la balanza en el delicado equilibrio mundial: ésa es la cuestión de más difícil respuesta a comienzos de 2015.

 

¿Será Estados Unidos, con una decisión bélica extrema en algunos de los innumerables puntos donde el planeta bascula? ¿Serán los Brics, mediante un paso económico que haga estallar definitivamente el sistema financiero que pende del dólar? ¿O será acaso una revolución (un darse vuelta del orden actual, para ceñir el término a su estricta etimología) encadenada a escala global? ¿Qué países, qué estructuras organizativas, qué ideologías y estrategias prevalecerían en cada caso?

 

Incluso quienes no se ocupan especialmente de economía y política internacionales perciben, siquiera de manera inconsciente, que el mundo está en constante amenaza de un vuelco imprevisible. Y actúan en consecuencia. La dramática situación de judíos y árabes en Europa, víctimas de xenofobia descontrolada, afirma en millones de seres humanos la idea de que la crisis tiende a un desenlace.

 

A propósito de los abruptos cambios políticos recientes en Grecia y España no pocos analistas del Norte han hecho un descubrimiento: resulta que el pensamiento y la acción de Hugo Chávez habría inspirado esos movimientos. Nada como la sagacidad de la prensa imperial. América XXI hizo la crónica analítica de la última gira internacional de Hugo Chávez en su edición de noviembre de 2010. A partir de sendos actos en Viena y Londres, adonde acudieron miles de jóvenes de toda Europa, quedaba claro el impacto que la palabra de Chávez producía en esos segmentos ávidos de la juventud europea.

 

En el segundo aniversario de su muerte es el mejor homenaje posible a su memoria reafirmar hoy, con ayuda involuntaria de editorialistas imperiales, que Chávez efectivamente dejó una honda huella en aquellas sociedades, proseguidas por nuevas fuerzas políticas ahora, cuando resulta inocultable por más tiempo que el capitalismo llegó a su nadir. Él llevó a la Europa exhausta los conceptos olvidados de revolución y socialismo. No como mera idea, sino como ejemplo palpable: Venezuela en Revolución, en combate por la transición al socialismo.

 

Su mensaje entonces, encarnado ahora en la lucha de todo un pueblo, en el Partido al que dejó su legado, en los cuadros dirigentes a quienes encargó la continuidad, pesan de manera sobresaliente en la balanza de un sistema mundial a punto de colapso. No hay exageración en la afirmación de que un gramo más o un gramo menos en la transición venezolana será muy difícilmente contrarrestado por lo que hagan o pretendan hacer quienes pugnan por que prevalezca uno u otro platillo. Y no habrá que esperar otro quinquenio para que lo admitan los ideólogos del imperialismo: lo están haciendo ahora mismo por la vía de los hechos, al centrar en Venezuela toda su panoplia contrarrevolucionaria para evitar, justamente, que la continuidad de ese ejemplo se sostenga y pese en el escenario internacional con potencia decisiva.

 

 

Amenaza de invasión

 

Tras la derrota del último intento golpista, Estados Unidos parece dispuesto a apelar a su ultima ratio: la intervención militar en Venezuela. Así lo sugiere el comunicado del Departamento de Estado que se arroga el derecho de “encauzar” al país. Y lo avalan la campaña feroz de la prensa comercial continental y el alineamiento innoble de todos los partidos conservadores y socialdemócratas al sur del Río Bravo contra el gobierno de Nicolás Maduro.

 

No obstante, si no hay duda de la voluntad imperialista, sí la hay respecto de sus capacidades para llevarla adelante. O, más bien, cabe una certeza: Estados Unidos no puede hacerlo en el actual contexto.

 

Sus estrategas han leído a Lenin y saben el significado de “el eslabón más débil”. Por eso arremeten contra otros anillos de la nueva conformación geopolítica regional y, a partir de debilidades notorias, acorralan a los gobiernos de Brasil y Argentina. No para consumar un golpe de Estado mediante la forma buscada en Venezuela o cualesquiera otras. No. Se trata de congelar las actuales relaciones sociales de fuerza en ambos países, coyunturalmente negativas para sus pueblos, por razones que América XXI expuso paso a paso. Al margen los gobiernos, es improbable que en el mediano plazo alcancen ese objetivo. Pero cuenta el corto plazo. Y a eso apuestan en el Departamento de Estado para hacer que la semilla Chávez no fructifique.

 

Una cruel ironía de la dialéctica histórica hace que en los dos países de mayor desarrollo económico –y en consecuencia con proletariados más poderosos- de Suramérica, el enorme peso alcanzado por la figura de Chávez no haya plasmado hasta el momento en fuerzas políticas que retomen, en sus propias condiciones y a partir de sus singulares historias, el ejemplo venezolano. Aquello que ya comienza a expresarse en Europa (donde sin duda recorrerá un sinuoso camino), no tiene carnadura en Brasil y Argentina. Ésa es la ventaja de Washington. Y la utilizará en todo el período que demande la edificación o reconfiguración y recomposición de fuerzas revolucionarias de masas en ambos países.

 

A cambio de invasión inmediata a Venezuela, Washington persistirá con la guerra económica, el acoso político, la acción militar limitada a partir de comandos paramilitares enviados desde Colombia y la infiltración en cada resquicio donde le sea posible. “Están buscando muertos y sangre para desestabilizar a Venezuela”, señaló Maduro. El asesinato de un adolescente en Tháchira el 23 de febrero lo prueba.

 

De allí la importancia trascendental de las medidas adoptadas por el Presidente ante el último intento golpista: ellas indican que no está dispuesto –y la totalidad de la Dirección Revolucionaria político-militar lo acompaña- a entregar la Revolución por presión de la burguesía local y el imperialismo.

 

Detener y procesar a Antonio Ledezma, alcalde de Caracas y uno de los promotores del golpe fallido del 12 de febrero, muy lejos de mostrar una deriva antidemocrática de la Revolución, prueba la determinación de defender la verdadera democracia frente a contumaces representantes de la dictadura civil que gobernó durante la IV República.

 

Supuestos demócratas-republicanos escandalizados por la detención de Ledezma, trasladados a 1789 actuarían como quienes enfrentaron la Revolución de la cual nació la democracia y la República burguesas. Aunque bien es cierto que no pocos revolucionarios de hoy actúan de igual manera, intoxicados por la propaganda del capital al punto de perder el más primario sentido de la orientación.

 

Alzados en armas como mascarones de proa del imperialismo, Ledezma, Julio Borges y María Corina Machado en la cárcel, junto al ya prisionero Leopoldo López, son condición necesaria, aunque no suficiente, para impedir que Washington empuje a Venezuela a un baño de sangre, pero también para detener y revertir el contraataque imperialista empeñado en desandar el camino de convergencia de América Latina y recuperar la hegemonía en la región.

 

Se ahonda la crisis capitalista

 

Un dato reiterado en estas páginas desde hace meses, es mostrado ahora con temor por conspicuos medios de prensa del gran capital: la deflación. Técnicos en economía imperial asumen –y por estos días propagandizan- que para el sistema es imprescindible un mínimo de inflación del 2% anual. Pero admiten que Estados Unidos (donde la gasolina bajó un 35%), Canadá y Gran Bretaña –cuyos PIB crecen alrededor del 2%- no alcanzan el nivel de inflación necesario, mientras que Japón está ya directamente en situación deflacionaria, tal como 15 de los 19 miembros de la eurozona. En china la inflación llegó a 0,8%, muy lejos del nivel adecuado a las necesidades del capital y con tendencia a disminuir.

 

Se trata de un signo particularmente elocuente de la crisis capitalista. Y tiene directa correspondencia con la belicosidad de Washington y Bruselas, puesto que se traduce en la práctica en graves problemas sociales y desafíos políticos más graves aún para las clases dominantes.

 

Los países rectores de la Unión Europea tienen sus propias razones para enfrentar a Rusia en torno al control de Ucrania, pero Washington los empuja a un ritmo que corta el aliento en Berlín, París y Londres. Tanto más cuanto Rusia avanza con China en la afirmación de un bloque global objetivamente confrontado en competencia económica con Estados Unidos y la UE. En torno a Ucrania hay un riesgo de guerra de incontrolables derivaciones. Allí se plantea el punto de más riesgosa confrontación del planeta, mayor que en Medio Oriente, donde está a punto de generalizarse una nueva guerra en Irak en torno al denominado Estado Islámico y siempre late la posibilidad de conflagración general con Israel como ariete imperial. Junto con el ya descripto punto de choque por la recuperación del control sobre América Latina, con eje en Venezuela, son éstas las áreas donde el gobierno estadounidense oscila entre retroceder o huir hacia delante.

 

La opción de guerra por parte de Washington es el gramo que inclinaría la balanza en el sentido de la barbarie. El frente único mundial antimperialista es el único recurso para frenar esa carrera irracional, empujada no por un individuo o un gobierno, sino por la lógica propia del capital. Ése es el gramo en otro platillo.

 

Sólo Venezuela está en condiciones de articular tal frente en América Latina y de ésta con los Brics y otros países, no sólo en torno a gobiernos, sino a partir de actuales y potenciales fuerzas revolucionarias con enraizamiento de masas.

 

Es una carga demasiado pesada. Pero los hijos de Chávez –en Venezuela y el mundo- sabrán hacerlo.

 

26 de febrero de 2015