América XXI

Concentración urbana: un modelo heredado

Por: Martín Cerisola
Fecha de publicación: 01/03/15
Foto Vista aérea del DF, México

La “macrocefalia” y las desbordantes cifras de concentración urbana en América Latina son fenómenos claves a la hora de atender al continente desde una mirada geopolítica que arroje luz sobre las lógicas del poder en el ordenamiento del espacio.



La “macrocefalia” es el fenómeno por el cual la capital de un país se convierte en el centro de poder de todo su territorio. Así, el resto de las ciudades y los sectores rurales de ese país se vinculan con la capital de una manera jerárquica: son satélites o periferias de ese eje, están subordinados a él.

 

La mayor parte de los países latinoamericanos funcionan según esta estructura central que concentra la actividad económica (productiva, industrial y financiera) y es sede del poder político, de las principales universidades y de los principales Bancos, con sus arquitecturas magnánimas de templos cívicos.

 

El gasto público también se vuelca hacia la capital. Las rutas de comunicación nacional –por su parte– no establecen relaciones multidireccionales, sino que se planifican en función de la capital y de sus áreas de influencia.

 

Esta lógica centro-periferia sucede también hacia adentro de la propia capital: hay ciertas zonas de la ciudad que tienen más peso que otras y el gobierno local atiende mejor sus demandas.

 

El mismo fenómeno se repite, además, en el interior del país: las capitales de cada región (periferias, a su vez, de la capital nacional) operan como centro con respecto al resto de su territorio regional. En definitiva, todas las estructuras al interior del país repiten esta dinámica que obstruye la posibilidad de otras maneras más equitativas de relacionamiento interurbano.

 

La macrocefalia es, además, causa de serios desequilibrios territoriales, como la elevada densidad demográfica de las capitales y su desproporcionada aglomeración. Es que en las capitales suele concentrarse el empleo, la generación de riqueza y hay más innovación tecnológica, cultural, social y productiva.

 

En resumen, el flujo de personas tiene un sentido unidireccional: la población no se distribuye armónicamente en la extensión total del territorio sino que se desplaza siempre hacia su centro neurálgico. 

 

Esta preponderancia excesiva de la ciudad capital no es sana: genera relaciones de dependencia y afecta, por tanto, la posibilidad de un desarrollo que involucre a todas las regiones de una comunidad y no solamente a algunas.

 

Así opera el poder: organiza el territorio desde un centro. Se trata de un modelo que hace necesario pensar en la posibilidad de una configuración alternativa.

 

Modelo importado

 

Estas lógicas se extienden a nivel continental, porque las naciones latinoamericanas estructuraron su espacio de acuerdo a la lógica centro-periferia que las metrópolis imponían desde Europa en la época de la colonia. La intención expresa de los colonizadores era fragmentar los territorios, atomizarlos y erigir pocos y grandes centros de poder en torno a los cuales gravitara todo y desde los cuales se pudiera abarcar el inmenso resto del continente. Se trataba de inhibir las posibilidades de desarrollo autónomo de cada región.

 

Los países del continente son hijos de esta dispersión excesiva que cortó los vínculos naturales con los demás. Las vías de comunicación no interconectan los pueblos del continente sino que se proyectan hacia afuera. América nace entonces diseñada desde afuera y para afuera; surge como la periferia de un centro y se configura en función de esas necesidades externas.

 

 

Alternativa

 

Para que un país pueda consolidar un saludable grado de integración territorial (es decir, para que un espacio nacional no sea solamente una yuxtaposición de espacios regionales que respiran bajo el ala de su primera ciudad) es imprescindible diseñar una distribución multidireccional de las redes urbanas y un relacionamiento que atienda al peso de decisión que cada región ostenta.

 

Las desproporciones en materia de distribución poblacional y de concentración espacial del poder –resabios de la colonia y del capitalismo industrial que insertó al continente en un escenario mundial cuyas reglas de juego sólo podía acatar– exigen una nueva elaboración que, desde la geografía económica, ponga otra vez en fluido relacionamiento a todos aquellos sectores que hoy funcionan subordinando su voz e intereses a los núcleos más grandes de decisión.

 

Desde Montevideo,